

El recuerdo de las flores de Azahar.
15/05/2026. Por Rafael Polonio Luque.
Hay historias que no hablan de grandes hazañas ni de personajes extraordinarios, y sin embargo terminan tocando algo profundamente humano. En este relato os invito a precisamente a eso: a detenernos y reflexionar sobre aquello que suele pasar desapercibido.
Vivimos en una sociedad que acostumbra a medir el valor de las personas por su visibilidad, sus títulos o el ruido que generan. Pero ¿qué ocurre con quienes sostienen silenciosamente los espacios que habitamos? ¿Con quienes cuidan, ordenan, recuerdan, acompañan y hacen más amable la rutina sin esperar reconocimiento?
A través de una atmósfera cotidiana y cercana, os quiero llevar a que hagamos una reflexión sobre la importancia de lo invisible, sobre esos gestos pequeños que rara vez ocupan titulares pero que terminan siendo esenciales. También nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿cuántas veces damos por sentado aquello que solo notamos cuando falta?.
Permitirme que en el relato que os presento, conecte memoria, trabajo y dignidad. Los pequeños rituales diarios, los aromas, los silencios y las costumbres adquieren un significado emocional que trasciende lo laboral para hablarnos, en el fondo, de la necesidad humana de sentirnos vistos.
Quizá la gran reflexión que quiero compartir con vosotros en esta historia sea que existen personas cuya huella no se impone, pero sostiene. Personas que, sin ocupar el centro de la escena, terminan siendo el verdadero fundamento de muchos lugares y muchas vidas.
El recuerdo de los flores de Azahar.
Como cada noche y, en los anteriores 43 años, Azucena era siempre la última en apagar las luces de la oficina. Aunque era la empleada con mayor antigüedad en la empresa, no disponía de ninguna placa en su escritorio ni constaba en un ningún organigrama de la empresa. En ocasiones, en algunas reuniones a las que asistía, rara vez le pedían opinión.
No obstante, Azucena, una mujer nacida en Osuna, de 58 años, era el alma y la esencia de la empresa como algunos de sus compañeros de trabajo le hacían saber. Se podría decir que, era la madre de muchos de los que por la organización habían pasado con traje y corbata, como becarios, y que, con el transcurso de los años habían llegado a ser directores generales de grandes empresas viéndolos dar conferencias sobre estrategias y liderazgo. Pero no era simplemente esa clase de madre, era también la que estaba pendiente de todo lo relacionado con la organización, de la documentación, así como cuidar todo lo realizado con las instalaciones y su uso, del archivo o de la fecha los cumpleaños de los empleados. Nadie se lo pedía, pero ella era así.
Siempre que, por alguna razón, Azucena se ausentaba de la oficina, se notaba como brotaba el caos...las facturas se acumulaban, los grandes directores no eran capaces de encontrar esos documentos necesarios en los que rubricar un acuerdo... ¡Hasta las plantas y sus hojas se doblegaban por falta de cuidado!
Entre sus compañeros, era conocida como la “esencia”, una expresión bonita y fácil de recordar entre los presentes dado que “lo esencial es invisible a los ojos” como algún director decía a modo jocoso. No les faltaba razón en el caso de Azucena. Al fin y al cabo, la esencia no suele pedir aumentos de sueldo ni reconocimientos per sé.
Como cada mañana, Azucena solía salir de su casa sobre las 6:15 de la mañana para tomar el autobús que la llevara a Sevilla y ser la primera en abrir la puerta de las oficinas. A esas horas el autobús iba en silencio, en el que más de una vez, Azucena había observado como alguna enfermera, con los ojos semicerrados, o algún barrendero previo al inicio del servicio, aprovechaba el trayecto para robarle al tiempo cinco minutos más de sueño. En cambio, Azucena aprovechaba para mirar por la ventana y observar el suceder de las luces de las farolas que iluminaban la carretera que la llevaban a la capital, Sevilla. Al bajarse en su parada, Azucena siempre se detenía para oler el aroma con la que era recibida a la ciudad. Era un olor que la embriagaba y que, en cierto modo, le daba energía para afrontar el día. El olor a azahar de las flores de los naranjos que, al alba, le daban su especial “buenos días, Azucena” y que tanto a ella le gustaba. La trasladaban a su infancia.
Una de esas mañanas, el director de la empresa, de forma imprevista, decidió anunciar, acompañado de un catering y una copa de cava, un discurso de despedida dado que anunciaba su paso a la jubilación. Tras la fase de agradecimientos, los empleados allí presentes procedieron a un aplauso efusivo mientras, Azucena, como era de costumbre, no podía estar por otra cosa que ver la sala de actos recogida, por lo que procedió a retirar las copas vacías, platos y cualquier otro resto de comida que hubiera esparcido por la sala.
— ¡Esperen un momento, por favor! —La directora de Recursos Humanos, Alicia, una mujer que recientemente se había incorporado a la organización y que consideraba una costumbre poco frecuente el mirar a las personas a los ojos, procedió a hablar.
Todos los presentes que empezaban a abandonar la sala se giraron.
— Antes de irnos, creo que falta un reconocimiento—.
Alicia empezó a caminar acercándose hacia el atril en la que constaba una carpeta azul, desgastada por las esquinas en la que constaba una etiqueta, “Azucena”.
— En esta carpeta señores, podrán encontrar las instrucciones que describen cómo hacer funcionar una empresa, nuestra empresa. Déjenme que me adelante a indicarles que no, no las has escrito ningún consejero delegado. Las escribió ella. ¿Saben a quién me refiero? ¡A Azucena, obviamente!
Hubieron ciertas risas nerviosas en el ambiente... pero Alicia continuó hablando:
—Cuando alguien olvida un plazo, Azucena es quién lo recuerda. Cuando un cliente llama enfadado, ella lo calma. Cuando un compañero enferma, ella organiza la ayuda. Cuando falleció el padre de Javier, fue Azucena quién organizó una colecta sin decir nada. Y cuando todos creemos que el trabajo consiste en cifras y presentaciones, ella nos demuestra que una empresa también se sostiene con cuidado. —
La sala quedó en silencio.
Azucena, sintió una incomodidad extraña, como si le hubieran encendido una luz encima después de años trabajando en penumbra. En ese momento, el director general carraspeó mientras comenzaron a escucharse aplausos. Esta vez no fueron automáticos ni protocolarios. Duraron mucho más de lo necesario.
Azucena sonrojada, estaba sobrepasada, pero contuvo el lloro y la emoción como si de una madre coraje fuese. No así, en el asiento del autobús, de regreso a casa, sentada junto a la ventana, mientras veía desfilar las luces de la ciudad. En ese momento, sí se permitió emocionarse y liberar las emociones retenidas.
Al día siguiente llegó a la oficina a la misma hora de siempre no sin antes detenerse a apreciar el dulce aroma de las flores de azahar. Encendió la cafetera, regó las plantas y abrió las persianas. Sobre su mesa encontró una nota escrita a mano por Alicia. La nota decía:
— Existen trabajos que sostienen el mundo y casi nunca aparecen en los titulares. La mayoría los hacen mujeres, gracias por todo Azucena. Alicia. —
Azucena procedió a guardar el papel en su carpeta azul desgastada...
Esa noche, al apagar la luz por última vez antes de marcharse, comprendió que no había sido invisible. Había sido fundamento. Y los fundamentos, aunque permanezcan bajo tierra, son lo único que impide que todo se derrumbe.
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